Elecciones municipales. En Barcelona dos candidatos se disputan la alcaldía con posibilidades de conseguirla: Jordi Hereu, actual alcalde, militante del “Partit dels Socialistes de Catalunya” y Xavier Trias, el eterno candidato de “Convergencia i Unió”.
Al margen de mi aversión personal, confesa y conocida por el voto, tengo como cualquier otro ciudadano mis preferencias en cuanto al futuro alcalde.
El candidato Hereu es el último representante del gobierno municipal socialista en Barcelona. El cambio en positivo de la ciudad durante los treinta y un años de mandatos de los alcaldes Narcís Serra, Pasqual Maragall, Joan Clos y Jordi Hereu es innegable. Irrefutable. Pasar por alto esa circunstancia o ponerla en duda es muestra evidente de desconocimiento o de mala fe.
La Barcelona de ahora mismo es en líneas generales una ciudad bien organizada. El transporte público, el urbanismo, la vía pública, la seguridad, las infraestructuras culturales y deportivas, la sanidad, la asistencia social, la enseñanza, etc. Una ciudad que genera proyectos innovadores y los lleva a cabo, cuya marca es referencia mundial y cuyo nivel de convivencia, de buena convivencia, es excelente.
Cómo en cualquier colectivo –el nuestro engloba más de millón y medio de ciudadanos y acoge a diario otros cientos de miles- se producen carencias, errores de apreciación, fallos y equivocaciones en la gestión del día a día. Por suerte, puesto que los errores de recorrido son parte del dinamismo de la ciudad y nos llevan a nuevas formas de aprehender la realidad, a enmendar lo equivocado, a adquirir experiencia y a aplicarla.
Usar los errores del rival cómo argumento electoral se me antoja pueril, dando por supuesto que quien lo usa está por encima de la equivocación.
El mensaje de Hereu no es divertido ni grandilocuente ni halaga el ego del cliente –del votante- pero es claro, directo y denota por encima de todo un conocimiento profundo y minucioso de la ciudad que constituye su ámbito de trabajo. Conoce el paño y genera soluciones, proyectos e ideas de técnico laborioso a quien se le ha encargado el trabajo de hacer que la urbe funcione. Un tipo eficiente limitado a veces por un corsé legislativo excesivamente ajustado, por el presupuesto y por los acuerdos que son parte intrínseca de la democracia.
El mensaje del alcaldable Trias es en cambio nebuloso, impreciso, voluntarista y de orden general. No entra en el detalle por falta de datos y evidencia a diario un preocupante desconocimiento de la ciudad que pretende dirigir.
Mi percepción de ahora mismo es que Hereu es el candidato de la realidad, de la ilusión que se enmarca en los parámetros que condicionan en este momento el devenir del primer mundo y de los proyectos que necesita la ciudad de forma inexcusable, mientras que su oponente propicia una Barcelona timorata, débil y escudada en lamentos y en las inacabables y tediosas listas de agravios. Una Barcelona que perpetúa rivalidades que debiéramos haber superado y que retrocede en sus aspiraciones, en su voluntad de futuro y en su apertura al mundo.
Una Barcelona, me temo, incapaz de generar proyectos y de mantener en alto el pabellón de nuestra materia prima más importante: la creatividad.
Pierre Roca
5.07.2011
4.28.2011
Actores.
Por la misma razón por la que los actores no son buenos futbolistas, los futbolistas suelen ser pésimos actores, mal le pese a la opinión general.
Cuando el futbolista interpreta pone en evidencia su carencia de recursos en lo que al “acting” se refiere. Simulan caídas e insoportables dolores cuando el supuesto responsable o agresor ni les ha tocado, exageran las muecas de sufrimiento y esperan la decisión arbitral mirando por el rabillo del ojo para dejar de lamentarse al punto o para, al contrario, insistir en los estertores y en otras muestras de sufrimiento durante unos segundos más.
Las llamadas "repeticiones de la jugada" televisivas son de gran utilidad y nos permiten ver que a menudo el contrario le toca un brazo al aprendiz de actor y éste se coge la pierna, escenificando un dolor insufrible y revolcándose por el césped en actitud preagónica.
Por suerte el fútbol se juega sobre hierba. Si el juego tuviese lugar sobre cemento las caídas con trasfondo interpretativo no proliferarían como sobre las mullidas y bien cuidadas plantaciones. Para no hacerse daño, claro.
Lo cierto es que el balompié profesional es un espectáculo cuyos intérpretes, los futbolistas, deben estar en excelente forma física y seguir entrenamientos diarios. La parte teatral es un ingrediente añadido que sirve para que las aficiones rujan a favor o en contra, para que la llamada prensa deportiva llene páginas y páginas encabezándolas con titulares que ocupan media hoja –a mayor tamaño de letra, menos texto- y para que las radios y las televisiones convoquen tertulias, susciten debates y llenen horas de programación por un coste irrisorio y enmarcadas con rentables espacios publicitarios.
Los entrenadores enseñan a jugar, diseñan estrategias, inciden en las características físicas -e incluso psíquicas- del grupo y en su composición pero son un pésimo ejemplo en lo referente a la teatralidad.
Pongamos a modo de ejemplo dos personajes diametralmente distintos y opuestos. Por una parte el señor Mourinho, controvertido entrenador del Real Madrid cuya remuneración supera la de muchas estrellas de Hollywood y por otra parte el señor Guardiola, Pep para los amigos, entrenador, imagen viva y líder del Barcelona.
La técnica interpretativa de Mourinho se me antoja burda, grotesca y esperpéntica. Lo suyo es la exageración, las muecas, la actitud pusilánime, los pucheros y los enfados expresados sin matiz alguno. Un actor pésimo que no tendría cabida en la peor “troupe” de aficionados.
La técnica del señor Guardiola es otra cosa. También interpreta pero lo hace en clave de contención, ahorrándose gesticulaciones y manteniendo un tono de voz sobrio que incide en los matices para dar a entender uno u otro sentimiento. Recurre a la ironía, aparca cuidadosamente la sal gorda, exterioriza su infinito respeto por el contrario y elude con habilidosos quiebros de cintura el enfrentamiento excepto en contadas, muy contadas, ocasiones.
Para decirlo con un par de ejemplos gráficos, el señor Mourinho podría ser un charlatán de los que venden tres cuchillos al precio de uno en cualquier mercadillo del extrarradio mientras que su oponente catalán se desenvolvería con soltura en el consejo de administración de “la Caixa”. Repito que no son más que ejemplos...
Si alguno de mis lectores es profesor/a de arte dramático quizá atisbe alguna oportunidad de negocio en lo que acaba de leer. Espero que me lo cuenten.
Pierre Roca
Cuando el futbolista interpreta pone en evidencia su carencia de recursos en lo que al “acting” se refiere. Simulan caídas e insoportables dolores cuando el supuesto responsable o agresor ni les ha tocado, exageran las muecas de sufrimiento y esperan la decisión arbitral mirando por el rabillo del ojo para dejar de lamentarse al punto o para, al contrario, insistir en los estertores y en otras muestras de sufrimiento durante unos segundos más.
Las llamadas "repeticiones de la jugada" televisivas son de gran utilidad y nos permiten ver que a menudo el contrario le toca un brazo al aprendiz de actor y éste se coge la pierna, escenificando un dolor insufrible y revolcándose por el césped en actitud preagónica.
Por suerte el fútbol se juega sobre hierba. Si el juego tuviese lugar sobre cemento las caídas con trasfondo interpretativo no proliferarían como sobre las mullidas y bien cuidadas plantaciones. Para no hacerse daño, claro.
Lo cierto es que el balompié profesional es un espectáculo cuyos intérpretes, los futbolistas, deben estar en excelente forma física y seguir entrenamientos diarios. La parte teatral es un ingrediente añadido que sirve para que las aficiones rujan a favor o en contra, para que la llamada prensa deportiva llene páginas y páginas encabezándolas con titulares que ocupan media hoja –a mayor tamaño de letra, menos texto- y para que las radios y las televisiones convoquen tertulias, susciten debates y llenen horas de programación por un coste irrisorio y enmarcadas con rentables espacios publicitarios.
Los entrenadores enseñan a jugar, diseñan estrategias, inciden en las características físicas -e incluso psíquicas- del grupo y en su composición pero son un pésimo ejemplo en lo referente a la teatralidad.
Pongamos a modo de ejemplo dos personajes diametralmente distintos y opuestos. Por una parte el señor Mourinho, controvertido entrenador del Real Madrid cuya remuneración supera la de muchas estrellas de Hollywood y por otra parte el señor Guardiola, Pep para los amigos, entrenador, imagen viva y líder del Barcelona.
La técnica interpretativa de Mourinho se me antoja burda, grotesca y esperpéntica. Lo suyo es la exageración, las muecas, la actitud pusilánime, los pucheros y los enfados expresados sin matiz alguno. Un actor pésimo que no tendría cabida en la peor “troupe” de aficionados.
La técnica del señor Guardiola es otra cosa. También interpreta pero lo hace en clave de contención, ahorrándose gesticulaciones y manteniendo un tono de voz sobrio que incide en los matices para dar a entender uno u otro sentimiento. Recurre a la ironía, aparca cuidadosamente la sal gorda, exterioriza su infinito respeto por el contrario y elude con habilidosos quiebros de cintura el enfrentamiento excepto en contadas, muy contadas, ocasiones.
Para decirlo con un par de ejemplos gráficos, el señor Mourinho podría ser un charlatán de los que venden tres cuchillos al precio de uno en cualquier mercadillo del extrarradio mientras que su oponente catalán se desenvolvería con soltura en el consejo de administración de “la Caixa”. Repito que no son más que ejemplos...
Si alguno de mis lectores es profesor/a de arte dramático quizá atisbe alguna oportunidad de negocio en lo que acaba de leer. Espero que me lo cuenten.
Pierre Roca
4.25.2011
Votar.
Votaria si trobés una opció –un polític o un partit- patriota.
Ja sé que tots s’ho diuen. Que tots diuen ser més aferrissadament patriotes que la competència. Cap no ho és realment.
Amb una insistència tossuda i perseverant incompleixen sistemàticament les promeses fetes durant la campanya o emprenen llargues i tortuoses el·lipsis per arribar-hi. Tan llargues i tan tortuoses que acaben desvirtuant l’objectiu.
Les nombroses variants i modalitats del comunisme s’emproven un any rere l’altre vestits nous que els facin ser diferents, més assumibles pels ciutadans i més fàcils d’entendre i de ser acceptats. Tiren d’utopies i es situen voluntàriament en un terreny allunyat de la realitat des d’on poden observar amb displicència el país. El que passa cada dia no sembla preocupar-los gaire. O no a curt termini.
El partit socialista és dels que d’una forma més evident ha optat pels giravolts i per les etapes que allarguen i endarrereixen la consecució dels objectius. Els acords per no perdre parcel·les de poder, les concessions, els terminis infinits i una certa prepotència, a més de dificultats evidents per explicar i fer-se entendre. Més preocupats per l’aparell, pel nombre d’escons, per la influència i pel poder en sí mateix que per l'Estat, l'Autonomia, el poble o la ciutat. Bastant més.
La trista, llastimosa, patètica i detestable dreta que patim guanya de llarg als altres actors de la política. Asseguren posseir la clau de volta de totes les solucions però la guarden acuradament mentre fan sorprenents campanyes de descrèdit de l’Estat davant les institucions internacionals. Una ben curiosa forma d’entendre el patriotisme. La dreta és a més inventora, titular i mestre de la pitjor forma de fer política, limitant-se a la crítica sistemàtica de qualsevol fet, discurs o intenció de l’oponent, sigui el que sigui. Sovint la crítica d’un dia contradiu postulats o asseveracions de dues setmanes abans però és igual. La dreta és barroera i no mira prim. Es carrega el que sigui, enfonsa, mossega la ma que l’alimenta, enganya i expressa, això si, un amor per la pàtria que no apareix per enlloc.
Les opcions independentistes no necessiten qui les enfonsi. Ho fan elles soletes sense ajuts, decebent seguidors, carregant-se il·lusions i mostrant-se finalment com la resta, a la caça de l’escó, del càrrec o de l’acord amb qualsevol altre partit si la recompensa és bona. És com per pensar que estan infiltrades fins al moll de l’ós per les forces oposades a qualsevol vel·leïtat nacionalista.
El discurs recorrent –i en fase creixent- de la ciutadania fa referència a la deshonestedat dels polítics. El taxista, el de la botiga de la cantonada, l’industrial, el funcionari, el metge, tots. Si aquesta opinió es traduís en vots i es comptabilitzessin la vergonya seria aclaparadora, total i tristíssima.
És possible que l’ofici de polític –de polític professional- passi per hores baixes. Ara cobren menys, es senten més vigilats, disposen de menys cotxes de funció, s’han de pagar els àpats de representació i a sobre, pobrets, els mirem amb recança protegint al mateix temps la butxaca on duem la cartera. Han triomfat durant uns anys però l’alegria s’acaba. Els prenen les caixes, els bancs els defugen i ja no queda bé convidar-los a sopar o al casament de la nena.
Si la cosa segueix així potser sortirà gent que estimi la terra de debò, que es preocupi pel país i que doni la cara amb projectes que s’entenguin. Gent que expliqui les seves idees en lloc de riure de les idees i fets de l’adversari.
De tan en tant m’agrada imaginar-ho i fins i tot em veig fent cua per votar.
Pierre Roca
Ja sé que tots s’ho diuen. Que tots diuen ser més aferrissadament patriotes que la competència. Cap no ho és realment.
Amb una insistència tossuda i perseverant incompleixen sistemàticament les promeses fetes durant la campanya o emprenen llargues i tortuoses el·lipsis per arribar-hi. Tan llargues i tan tortuoses que acaben desvirtuant l’objectiu.
Les nombroses variants i modalitats del comunisme s’emproven un any rere l’altre vestits nous que els facin ser diferents, més assumibles pels ciutadans i més fàcils d’entendre i de ser acceptats. Tiren d’utopies i es situen voluntàriament en un terreny allunyat de la realitat des d’on poden observar amb displicència el país. El que passa cada dia no sembla preocupar-los gaire. O no a curt termini.
El partit socialista és dels que d’una forma més evident ha optat pels giravolts i per les etapes que allarguen i endarrereixen la consecució dels objectius. Els acords per no perdre parcel·les de poder, les concessions, els terminis infinits i una certa prepotència, a més de dificultats evidents per explicar i fer-se entendre. Més preocupats per l’aparell, pel nombre d’escons, per la influència i pel poder en sí mateix que per l'Estat, l'Autonomia, el poble o la ciutat. Bastant més.
La trista, llastimosa, patètica i detestable dreta que patim guanya de llarg als altres actors de la política. Asseguren posseir la clau de volta de totes les solucions però la guarden acuradament mentre fan sorprenents campanyes de descrèdit de l’Estat davant les institucions internacionals. Una ben curiosa forma d’entendre el patriotisme. La dreta és a més inventora, titular i mestre de la pitjor forma de fer política, limitant-se a la crítica sistemàtica de qualsevol fet, discurs o intenció de l’oponent, sigui el que sigui. Sovint la crítica d’un dia contradiu postulats o asseveracions de dues setmanes abans però és igual. La dreta és barroera i no mira prim. Es carrega el que sigui, enfonsa, mossega la ma que l’alimenta, enganya i expressa, això si, un amor per la pàtria que no apareix per enlloc.
Les opcions independentistes no necessiten qui les enfonsi. Ho fan elles soletes sense ajuts, decebent seguidors, carregant-se il·lusions i mostrant-se finalment com la resta, a la caça de l’escó, del càrrec o de l’acord amb qualsevol altre partit si la recompensa és bona. És com per pensar que estan infiltrades fins al moll de l’ós per les forces oposades a qualsevol vel·leïtat nacionalista.
El discurs recorrent –i en fase creixent- de la ciutadania fa referència a la deshonestedat dels polítics. El taxista, el de la botiga de la cantonada, l’industrial, el funcionari, el metge, tots. Si aquesta opinió es traduís en vots i es comptabilitzessin la vergonya seria aclaparadora, total i tristíssima.
És possible que l’ofici de polític –de polític professional- passi per hores baixes. Ara cobren menys, es senten més vigilats, disposen de menys cotxes de funció, s’han de pagar els àpats de representació i a sobre, pobrets, els mirem amb recança protegint al mateix temps la butxaca on duem la cartera. Han triomfat durant uns anys però l’alegria s’acaba. Els prenen les caixes, els bancs els defugen i ja no queda bé convidar-los a sopar o al casament de la nena.
Si la cosa segueix així potser sortirà gent que estimi la terra de debò, que es preocupi pel país i que doni la cara amb projectes que s’entenguin. Gent que expliqui les seves idees en lloc de riure de les idees i fets de l’adversari.
De tan en tant m’agrada imaginar-ho i fins i tot em veig fent cua per votar.
Pierre Roca
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