10.20.2012

Españolizar.




Cuanto más me intentan españolizar más me alejo.

Cuanto más intentan asustarme, más me radicalizo.

Cuanto más presionan, amenazan e intentan imponer, más confirman mis convicciones.

Cuando leo, escucho o vivo, perplejo, alguna de las actitudes apuntadas entiendo los orígenes de la violencia, puesto que las amenazas, la imposición y el miedo son la avanzadilla de la bofetada, la patada, la presión o la presencia armada del invasor.

Cuando mienten, recurriendo al infundio con argumentos carentes de base, me pregunto por la razón profunda de ese apego repentino. ¿Es amor o más bien necesidad de ser obedecidos sin más explicaciones? ¿Es acaso menos noble su afán y se limita a los dineros, al temor de perder una importante fuente de ingresos?

La paradoja reside en la poca estima que España, como estado, ha tenido por lo que Franco llamó “las provincias díscolas” y que ahora se convierte en un sorprendente amor que, al igual que el marido en desacuerdo con el final del matrimonio que le anuncia la esposa, pretende mantener por la fuerza la presencia de la mujer, que no del amor, en el hogar conyugal, en un ejercicio brutal de fuerza, de desprecio y de coacción.

Me sorprende que España desee realmente asumir la convivencia con un país, Catalunya, que le ocasionará más molestias que ventajas. Que será incordio, fuente de conflictos y fábrica de tensiones.

En la diferencia actual, por la cual las cabezas pensantes de los dos grandes partidos nacionales, PP y PSOE, pierden los papeles entonando un himno que les es común, lo sensato será, como siempre, la acción negociadora de la política.

Al igual que en las peleas tabernarias, alguien tendrá que llamar al sosiego de las partes, admitir las razones del que aparece como díscolo y proponer acuerdos, pactos y documentos suscritos por los contendientes en los que se enumeren las alegaciones de cada uno, se ceda, se de por entendida la buena voluntad y en lugar de amenazas se proponga colaboración, intercambio, comercio, facilidades y libertad de circulación de personas y mercancías.

Un papel en el que no figuren las palabras odio, rencor y desconfianza, en el que se reconozcan los méritos respectivos de los firmantes, se descarten acciones de represalia, se descalifique el boicot, se diseñen formas de colaborar, acciones en común, respeto a partes iguales y estrategias compartidas para potenciar el valor de ambos territorios.

Acuerdos comerciales, de servicios, de defensa, de gestión de las cuencas fluviales, de representación internacional, de intercambio de estudiantes, de colaboración científica, de compartir infraestructuras civiles de elevado coste. Y así hasta la saciedad.

El ejemplo es ahora mismo perverso. Letal. Contemplar la pérdida de papeles por parte de los llamados padres de la patria, escucharlos cuando proclaman la intervención, el aislamiento y el boicot o, peor, una campaña internacional para aislar a Catalunya del resto del mundo o para ahogarla en lo económico, es desalentador, pone de relieve sus propios miedos e inseguridades y suscita no pocas preguntas acerca del buen criterio y de la salud mental de esas personas.

O, sencillamente, si están capacitadas para ejercer las responsabilidades que el pueblo soberano les ha asignado.


Pierre Roca

10.10.2012

Error.




La resposta histèrica i autoritària del parlament espanyol a la petició del dret de referèndum formulada per un diputat català és un error històric.

La política hauria de ser l’eina indispensable per convèncer, proposar alternatives, acostar posicions i en darrera instància adaptar les lleis a les realitats, que tenen la seva pròpia dinàmica i fluctuen en funció dels fets, de la memòria, dels greuges, dels premis i de les expectatives.

Es pot obligar a estimar? La resposta és evident i sorprèn que Espanya, a aquestes alçades, pretengui imposar un amor que porta anys i anys descomposant-se, suposant que hagi existit mai.

Obligar i imposar és encendre el foc de la discòrdia. El mal que no farà més que créixer. El virus que ho infectarà tot.

Pretendre a sobre actuar sobre la infantesa imposant –torna la paraula- programes educatius de clara ideologia nacionalista espanyola és reconèixer, a més, que el nacionalisme no és el que molesta. El que els irrita la pell són els altres nacionalismes. Qualsevol altre.

L’altre interès que es fa cada cop més evident és l’econòmic. En el decurs d’un parlament el ministre de Justícia ho va deixar anar. “Sense Catalunya, Espanya haurà de deixar l’euro.” Ja tenim la mare dels ous. El perquè de tot plegat. La por, més que l’orgull.

L’orgull, que també hi és, és el mateix que impedeix a l’inefable president Rajoy reconèixer el desastre i demanar diners obertament a una Europa que ens observa perplexa.

Un orgull tronat, vell i polsós que defuig tossudament la realitat –calcant amb aquest comportament suïcida el del president anterior- i se n’inventa una altra que desmenteixen tots els estaments econòmics d’abast internacional.

El mateix orgull que ara defuig el diàleg constructiu amb Catalunya i alimenta d’aquesta manera el sentiment sobiranista, la sensació d’opressió i les ganes de ser nosaltres mateixos.

Tot plegat posa d’evidència l'incapacitat manifesta del grup que mal dirigeix el destí de l’estat espanyol, que encadena els errors i que obre nous fronts de discrepància, limitant el diàleg al NO sense pal·liatius, sense discussió, sense alternatives.

Hi ha moltes formes millors de gestionar un país. N’hi ha poques de pitjors.


Pierre Roca




9.28.2012

Ocurrencias.



 Cuando nos adentramos en el terreno del arte alternativo -instalaciones, performances, happenings y similares- es difícil discernir la sutil frontera que separa esas actuaciones de la simple ocurrencia o de la “boutade” más o menos ingeniosa.

Lo cierto, lo incontestable, es que los autores o impulsores de esos prodigios demuestran una capacidad de persuasión que ya querría para sí el más astuto de los vendedores.

Ayer asistí a uno de esos acontecimientos artístico-sociales. Liderado por Montse Guillén e inspirado por su pareja, el inclasificable  artista Miralda, el acto aglutinaba la habitual fauna heteróclita, urbana y, en un elevado porcentaje, cuidadosamente vestida y “atrezzada” para la ocasión.

Algunas –pocas- caras conocidas e infinidad de practicantes de las artes más flagrantes. Finos estilistas del ámbito virtual, atrevidas diseñadoras de modas minoritarias, recicladores varios, aprendices de todo y profesionales de la supervivencia más o menos privilegiada.

El ritual transcurría en un piso espacioso, situado a su vez en el edifico corporativo de un fabricante de cerveza. Los asistentes, detalle importante, tenían que aportar un útil de cocina. El que fuera. Viejo, nuevo, grande o pequeño.

Se llamaba al timbre, el pestillo eléctrico del portal se accionaba, se ascendían a pie unos tramos de escalera y se llegaba al lugar.

Nada más entrar unas chicas muy monas y simpáticas daban un número a cada visitante, advirtiéndole que sería llamado de un momento a otro.

Cuando el sorprendido y desorientado invitado acababa por descubrir la antigua cocina de la casa, transformada para la ocasión en barra libre de cerveza, oía unas voces femeninas anunciando su número. La mujer o el hombre exhibía el tique de papel y otras chicas que parecían modelos lo llevaban en volandas hasta otra joven de elegante acento francés que lo entrevistaba al estilo radiofónico, después de haber anotado su filiación y número de teléfono o dirección de correo electrónico. El paso siguiente era un retrato digital, blandiendo el objeto aportado ante un fondo blanco.

De ahí se pasaba a un mostrador de madera, como de ferretería antigua, tras el cual más chicas del mismo formato, ataviadas esta vez con batas de vendedora y alborozadas, instaban al ilusionado participante a darle un par de vueltas de manivela a una de esas jaulas esféricas del juego de la lotería. Salía la bola, una de las chicas miraba el número, buscaba la caja correspondiente –unas cajas de cartón recio, de la época del viejo mostrador- la abría y entregaba el “objeto” –lo denominaban así- entre sonrisas y palabras de felicitación, a la par que se hacían cargo del útil de cocina aportado.

En este perverso y original juego, la diosa fortuna me premió con un sobre de plástico transparente que albergaba una pieza de cartón de embalaje de aproximadamente 20 x 15 cm. y unos cien gramos de viruta de madera de la que se usa para proteger el contenido de determinados envoltorios industriales. El cartón se amenizaba con dos etiquetas. De un lado una etiqueta blanca, con un nombre y una dirección tapada por la viruta, del otro una etiqueta roja con la mención "frágil" y unas letras escritas con rotulador negro. En el exterior del sobre de plástico otra etiqueta, esta vez con la fotografía de un tipo al que no tengo el gusto de conocer, una foto del fantástico pedazo de cartón y un texto en inglés, escrito con un tamaño de letra disuasorio por lo diminuto.

De ahí se pasaba ante un muro tapizado con las fotografías de los diferentes objetos adjudicados, todos numerados, se localizaba el que le había correspondido a cada uno y se leía el texto explicativo, siempre que la reseña no se encontrase a más de 2,50 m. de altura como me ocurrió.

Lo siguiente era blandir el trofeo, moverse en actitud triunfal por las distintas estancias, compararlo con lo que les había caído en suerte a los demás, pronunciar la palabra “divertido” con una frecuencia muy superior a la habitual y echar súbitamente de menos la calle, el tráfico, el ruido y la gente aparentemente gris que va y que viene.

Andar un buen rato, recuperar la tranquilizadora normalidad, respirar a grandes bocanadas el sucio aire de mi ciudad y felicitar a quien consigue colocar ese tipo de mercancía, argumentando además su valor intrínseco, la capacidad de evocación y cuantos significados y proyecciones se le ocurran.

El premio es para esa persona, se lo aseguro. Convencer a un cliente, mecenas o patrocinador para que financie la experiencia que he descrito se me antoja realmente brillante. Casi milagroso.

Mis respetos, señora Guillén. Mis respetos, señor Miralda.


Pierre Roca